Italo Antoniotti

Pupusas, exportaciones y remesas.

Para conocer la situación de Guatemala basta con revisar los números fríos de las estadísticas; no obstante, hay trasnochados que apuestan por la sostenibilidad de este inviable modelo. Cuando algún país -que otrora apoyó este esquema por la guerra fría- nos expone en temas como la corrupción y sus implicaciones, recurren a un patriotero ardimiento con encendidos discursos y comunicados que se acercan al mejor estilo de Fidel en los 60.

Los países del Triangulo Norte deben ser cautos cuando desafían al principal consumidor de sus productos; pues pese a un acuerdo de 500 millones con los chinos y que el premier Xi Jinping con Putin aparezcan comiendo pupusas en Sonsonate; no estamos en octubre del 62 y el apretón puede ser bastante desagradable.

Los norteamericanos tienen capacidad de presionar a China para que desista de su intervención en la región, los asiáticos pierden más confrontándose con su mejor cliente en relación a las oportunidades disponibles en el Istmo. Así mismo, el gobierno de Biden puede quirúrgicamente afectar actividades como el envío de remesas o prescindir de bienes importados, sugiriendo se destinen a la ciudad de Ho Lee Chit -cerca del Tibet-. Esta situación ejercería varios bares de presión a un gobierno cuya economía depende de estos rubros.

En el mundo bipolar previo al 89, pivotear para obtener mayores beneficios era una arcana ciencia que pocos alquimistas políticos supieron jugar; el socialismo cayó y las excepciones sólo confirman la regla. El triunfo del libre comercio trajo consigo un mundo interconectado e interdependiente, el sistema globalizado significa competitividad, innovación y ciertos códigos que se van imponiendo más temprano que tarde; los cuales, tienen que ver con transparencia, pago de impuestos locales, derechos humanos, cuestiones medioambientales y trazabilidad.

Esto conlleva indefectiblemente la reducción de la corrupción y, por tal razón, la participación de interlocutores a tono con las nuevas circunstancias; es decir, no comprometidos con un statu quo que les impida dar el salto. Esta parte del juego no gusta al establishment; sin embargo, como dijo el Muso Ayau: “La obsolescencia es parte del cambio”.

El liderazgo de tal realidad lo tienen como siempre Estados Unidos y Europa, aún cuando agoreros locales visualicen en su chimbombita de vidrio antigüeño el peor de los futuros; lo cierto es que seguirán pitando, más cuando se trata de su área hegemónica.

El narcotráfico e inmigración son un factor electoral en Norteamérica que fuerza a una mayor cooperación con Honduras, El Salvador y Guatemala; empero, sin aspavientos sesenteros y menos el narco cooptando a un presidente y su hermano.

La coyuntura debe ser aprovechada cuando parece ser que el mejor amigo de Estados Unidos en el Triángulo Norte hoy es Guatemala; no se puede errar en estas circunstancias y por eso debemos ocuparnos en serio de ese flagelo que facilita la inmigración por falta de oportunidades y carcome la institucionalidad del Estado -dando paso al narco en su lugar-: la corrupción.