Los perfiles falsos deben desaparecer

Desde que surgieron las redes sociales, el debate serio ha pagado un alto precio por la incursión de grupos de presión que buscan orientar la opinión pública hacia intereses espurios. El neo-fascismo que era un movimiento marginal, se ha revitalizado utilizando la libertad de expresión que ofrecen las distintas plataformas digitales; causa hilaridad que en los regímenes totalitarios este derecho sea de los primeros sacrificados. En nombre de la patria, populistas aprovechados de la precariedad llegaron al poder y sumieron a sus pueblos en el peor de los infiernos.

Recientemente Trump dijo que de acceder otra vez al poder, extendería un perdón total a la turba que tomó el Capitolio; esta chusma logró voz, se organizó y ocultó gracias a las afinidades algorítmicas y ventajas de Twitter y Facebook. Una promesa así habría sido impensable hace algún tiempo; no obstante, es claro que no se había caído a los niveles de este personaje. La dirigencia republicana cede ante una vergonzosa base que solo ha servido para mostrarnos lo terrible que puede ser la ausencia de educación en una nación -aún cuando haya ingentes recursos-. Esta apuesta es muy peligrosa y nada más ilustrará un estereotipo que muchos conservatives lucharon por erradicar durante décadas en Estados Unidos.

Quienes integraban las camisas negras o las juventudes hitlerianas tenían el común denominador de ser mediocres que nunca habían salido del anonimato; formaban parte de esa masa incógnita que ha existido a lo largo de la historia linchando, vociferando y condenando en el marco de un gregarismo que solo puede ser viable a través de la ignorancia. Ahora eso sucede precisamente con las redes sociales, millones de anónimos que por su adolescencia intelectual no podrían competir en medios convencionales, repentinamente obtienen nivelación con un perfil falso para vituperar, calumniar y reventar a personas públicas o que tuvieron la ética de identificarse con su legítimo nombre.

Esta clandestinidad ha ocasionado la proliferación de los tristemente célebres netcenters, los cuales, han falseado el debate sobre infinidad de temas y generado tendencias deliberadamente dirigidas; lo anterior, favorece la polarización y, sobre todo, consiente los discursos de odio contra razas, ideas, preferencias o cualquier posición que afecte establishments o intereses. Las falacias ad hominem son fusiles de abyectos, pusilánimes y sicarios digitales que trabajan para quienes -por cuestionables motivos- deben mantenerse en la oscuridad. 

Las corporaciones tienen un reto formidable para transparentar el debate en redes sociales, la responsabilidad en su rol global es ineludible por la mistificación en las discusiones. Toda persona que emita una opinión en cualquier plataforma debería estar limitada a utilizar su auténtica identidad para hacerse responsable de sus argumentaciones o señalamientos. Si los perfiles falsos desaparecieran, tendríamos transparencia y mucha más sustancia en las controversias; así mismo, cuentadancia al momento de acusar o difamar.

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