El ferri de la desolación

Somos un ferri atiborrado de gente mísera y desnutrida, quienes tanto en la popa como la proa buscan desesperadamente no seguir hundiéndose; se paran unos sobre otros, el navío hace aguas por todos lados, no cabe nadie, el desaliento y desesperación son dos némesis que están en constante lid por el ánimo de los tripulantes; mientras tanto, la mayoría escucha a dos encantadores de serpientes cada cual en un extremo de la nave, buscan convencernos de las bondades que tiene nuestra embarcación, que somos la luz de los barcos en el mundo, que Dios bendice la madera podrida de nuestra cubierta y seguramente seremos capitanes en el cielo.

Algunos, al ver pasar cruceros de Carnival, deciden saltar desde las aletas para alcanzarlos, no pocos mueren en el intento, otros en cambio, logran su cometido y consiguen trabajar en la limpieza de los camarotes; cuando pasan frente a nuestro ferri, el cual, languidece como un náufrago moribundo por inanición, llevan comida a sus seres queridos en una pequeña balsa; estos agradecen y subsisten mientras las algas y moluscos terminan de destruir la carena.

Desde hace algún tiempo la sentina está rota, se forman nuevos agujeros que dejan salir todo el material que forma los desechos de la gente; al pasar buques y yates mucho mejores que el nuestro, con menos gente, motores potentes y detalles de lujo; les saludamos afectuosamente, si nos ayudan a efectuar reparaciones y sugieren mejores métodos para echar a andar el motor -en tanto la muchedumbre se atesta en estribor como babor clamando por socorro- la tripulación y los dueños de las redes pútridas para la pesca les insultan, reprochan que se ocupen de los problemas en sus propios naos, que nada saben de navegación, que sus barcos también necesitan reparaciones y  no les hacemos algún tipo de crítica.

Cuando a veces traen pintura o madera para mitigar el daño de la embarcación, así como médicos para atender a los pasajeros; les hospedamos, y después, la marinería, ordenada por los oficiales, les escupe a la cara arrojándolos desde la proa como reacción a ciertos comentarios que hacen sobre el estado de nuestro bajel.

Ellos observan con conmiseración y lanzan advertencias sobre nuestro hundimiento; la tripulación se engaña a sí misma, afirma que este barco no se detiene -ignorando deliberadamente que seguimos a la deriva-, la línea de flotación fue superada desde hace mucho tiempo, el agua llegó hasta nuestra cintura; sin embargo, los capitanes que hemos tenido nunca han solucionado el problema del timón roto y el cuarto de máquinas necesita una restauración que simplemente tomaría años.

Hace poco, en la carena hubo una filtración enorme, el encargado de esa área dijo que estaba poniendo pecho a la situación, que todos unidos y con la ayuda de Dios podríamos solucionar el problema; no obstante, la persona capacitada para el efecto, desde hace meses escapó nadando hasta un yate que por la madrugada pasó cerca del ferri.

Así va este bote llamado Guatemala, así nos veríamos en una figuración náutica sobre la realidad que vivimos.

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