De imperios

Cuando Trajano decidió llegar hasta Mesopotamia para equiparar su fama con Alejandro Magno; quizá signó el destino de Roma, que tiempo después vería sucumbir su poderío por la vastedad de sus dominios y el cardenillo cristiano que carcomió desde las entrañas el venerado “mos maiorum” que tan grande hizo a la urbe.

El eco del imperio bizantino cayó finalmente en 1453 a manos de los turcos. El imperio carolingio duró lo que Martell, Pipino y Carlomagno; cuando se celebró el tratado de Verdún estaba ya dividido en tres. Marqueses y condes se disputaron el poder, imponiéndose la dinastía de los Capetos,  que llegaría a su esplendor con el “Rey Sol” y vería el ocaso cuando “la Montaña” en la Convención estableció la ejecución del monarca cerrajero.

El imperio donde “no se ponía el sol” fue extinguido por Portugal, Napoleón y los ingleses; no llegó a los dos siglos.

El primer capitán del mundo fue una muy intensa pero fugaz llamarada; dejó una París embellecida, el código de comercio y por si fuera poco; hasta las reglas del ballet.

Los ingleses dominaron a finales del Siglo XIX; no obstante, Francia era Francia y se constituyó en vencedor  de la Primera Guerra Mundial -respaldada por una incipiente potencia llamada Estados Unidos, que así le pagaba el favor de su independencia contra Inglaterra-.

Los alemanes en el siglo XIX construyen el imperio Austrohúngaro. Su Pangermanismo verbalizado por los pontífices Nietzche –con su súper hombre– acompañado de las apolíneas notas de Wagner; colisiona con el Paneslavismo ruso y ello deviene en la “Gran Guerra”.

Versalles fue el marco de gravosas reparaciones, las cuales, originarían el nacional socialismo alemán –inspirado en un maestro de escuela italiano, amante de la historia romana y que por ello llamó a su movimiento “fascio” que significa “haz” y representaba el “poder de muchos en uno” por medio del cónsul en la república romana.

Estados Unidos decide el conflicto y su liderazgo despunta tras la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de la industria norteamericana se fortaleció con el plan Marshall y encabezó lo que durante la Guerra Fría se llamó “el mundo libre”; si bien los estadounidenses triunfan militarmente, es la Unión Soviética de Stalin quien amplía su territorio, anexándose la Europa del Este y una buena parte de Alemania.

En 1989 cae el imperio soviético por la inviabilidad económica de su modelo y los nacionalismos que jamás se erradicaron en las Repúblicas Socialistas. Desde esa época hemos visto la creciente preponderancia de los Estados Unidos; empero, valores como la separación de poderes, libre comercio, libertad de expresión y la vanguardia en temas científicos; parecen hoy implosionar ante la elección de un individuo que combina proteccionismo, aislacionismo, una intolerancia fascistoide hacia las minorías y últimamente ha decidido llamar “fake news” a la información que le afecta directamente. Las cuestionables realidades que pregona las ha denominado “hechos alternativos”.

La Unión Europea ha visto la oportunidad de retomar el liderazgo ante la reprimenda fuera de lugar que Trump les dio en la última cumbre de Sicilia. El retorno al carbón y el abandono de la energía limpia –donde Estados Unidos poseía el liderazgo– son espacios que China aprovecha eficientemente.

Al parecer, se logró colar el hombre que representa la parte más cuestionable del sistema, alguien que no entiende los pesos y contrapesos. Este quizá pueda ser el factor que pueda impedirle terminar su periodo. ¿Estamos viendo el fin de una era? Solo el tiempo lo dirá.

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