La tibieza como divisa

Una de las actitudes más despreciables a lo largo de la historia es la tibieza, sobre todo en cualquier momento de definición. Los tibios siempre serán los anónimos que encontró Dante en el vestíbulo del infierno, representados en primer término por los ángeles que en la rebelión de Lucifer no se aliaron ni con Dios ni con el diablo. En resumidas cuentas se trata de aquellos que pasaron por la vida sin obra digna de ser recordada.

Maquiavelo retoma al poeta florentino en su tercer canto y lo desarrolla en El Príncipe para ilustrar que en un conflicto de dos, siempre es recomendable tomar partido, pues de lo contrario ninguno de ambos contendientes tendrá respeto por ti y en el largo plazo serás conquistado.

La tibieza como constante que ha acompañado a las capas sociales de la nación es uno de nuestros peores defectos. “No lo vi”, “me hago el loco” y “en eso ni me meto” son frases que muchas personas han utilizado para delegar el poder en una interminable lista de sinvergüenzas y sus financistas.

Cuando José Joaquín Palma redactó su poema que luego se convirtió en el himno nacional de Guatemala, jamás se imaginó que sería modificado para “bajarle el mosh” al asunto, pues era muy “grueso” decir: “Nuestros padres lucharon un día encendidos en patrio ardimiento; te arrancaron del potro sangriento y te alzaron un trono de amor” y mejor quedó “…Y lograron sin choque sangriento, colocarte en un trono de amor”. Hicieron “kosher” la enjundia caribeña del biógrafo de Céspedes y le colocaron el “el chapinismo evitador” que ha caracterizado a Miwate.

Una buena parte del entuerto político actual se debe a esa tibieza manifiesta en la Corte de Constitucionalidad, máximo tribunal que ha debido asumir roles cada vez más fundamentales ante la destrucción institucional que ha sufrido Guatemala. Los abusos de las autoridades que han esbozado un rompimiento constitucional en cámara lenta, el cual nunca termina de cuajar, se debe a los fallos tibios y poco claros que quizá han buscado evitar la conflictividad social del momento, pero que en el largo plazo son mucho más dañinos por la destrucción que ha comenzado contra el Estado de Derecho.

No acatar los fallos emitidos por la Corte de Constitucional es una clara desobediencia al mismo orden constitucional, esto no ha sido señalado con contundencia por el alto tribunal y el gobierno lo que ha buscado es diferir la situación, debilitando en el interin la lucha contra la corrupción a través de minar las instituciones para este cometido.

Si la CC no quiere mojarse, la Fiscal General ha de considerar para sus adentros que ella menos; pues si bien podría velar por el cumplimiento de la ley, tampoco desea ser la chompipa de la fiesta y por ello las actividades de “vigilancia” se desarrollan con una desesperante parsimonia.

La dirigencia del sector privado organizado con una visión mas que cortoplacista falla en su cita con el país, da la espalda a la comunidad internacional y decide no bajarse del bus que conduce el chofer borracho en la cuesta de “las Cañas”.

Esta tibieza de no ser abandonada, puede tener consecuencias funestas para Guatemala. El máximo órgano debe llevar la situación al límite para la definición auténtica y nítida de lo que aquí ocurre; de lo contrario, es Neville Chamberlain apaciguando a Hitler. Los magistrados de la CC que no estén plenamente alineados deben entender que tarde o temprano van por ellos. Es mejor anticiparse y definirse, sus fallos son inapelables y lo que ahora ocurre con la Corte Suprema de Justicia es ilegal. ¿Entonces?

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