La mordida de la serpiente

Cuando se planteó en el debate filosófico de la iglesia católica sobre qué sucedería si el Papa excomulga al mundo entero; se concluyó que inmediatamente él sería la persona expulsada de la iglesia.

Guatemala está en una situación similar ante la comunidad internacional, pues una parte de la élite y factores de poder están en una absurda posición negacionista. Con nuestro producto número uno de exportación que son los inmigrantes y dependiendo en un 20% del PIB procedente de las remesas, nuestro modelo es simplemente inviable; no obstante, algunos economistas lo presumen como un logro sobre Costa Rica y el resto de países del subcontinente, incluso justificando que en todos lados hay corrupción. Entonces, el problema no es ese, sino la ausencia de inversión.

Es palmario que el último lugar donde el capital sano invierte es un país donde haya poca transparencia y las reglas del juego no se respetan; es decir, la corrupción es la variable que impide la atracción de empresas que pudiesen generar empleo y por ende, el consumo agregado que provoque la formación de economías escala y en último término: desarrollo.

El Estado de Derecho es la piedra filosofal de la prosperidad; con operadores de justicia sancionados, una corte ilegalmente establecida desde hace dos años, una infraestructura colapsada donde el costo por kilómetro es el más alto de Latinoamérica y los índices de desarrollo humano que han bajado; son una loza que refleja los números que poseemos, de no tomar conciencia de ello, podemos equipararnos a los terraplanistas, antivaxers y fundamentalistas que niegan los avances de la ciencia.

La actitud de privilegiar a un gobierno que “no me jode” aún cuando esté acabando con el país, tiene graves consecuencias; el mejor ejemplo lo tenemos en Nicaragua, un destino que era supuestamente ideal para las inversiones y que finalmente afectó en su dictadura a los empresarios. El asunto es que tarde o temprano la arbitrariedad del poder puede alcanzarte.

Haití era un país que en el caribe se distinguía por sus condiciones en la década de los sesenta, nadie hubiese imaginado que llegarían a los niveles en que ahora se encuentran; Mulet puede testificar lo que expreso.

“No hay nada nuevo bajo el sol” es una frase que ilustra el sentido de la historia; no obstante, hasta el imperio ateniense pecó de arrogancia cuando Esparta pidió la paz después de la batalla de Abydos y la asamblea prepotentemente rechazó el petitorio para años después, perder las murallas del Pireo y todo el imperio.

La narrativa de ser luz de naciones con la complicidad de iglesias evangélicas y su retorcida teología de prosperidad -que nada tiene que ver con el mensaje de su fundador- y algunos sectores católicos ultraconservadores, no puede cambiar nuestra terrible realidad; por mucho que la maquillemos y busquemos las justificaciones más bizarras y ridículas.

Cuando nuestras élites se den cuenta de ello, quizá sea demasiado tarde, al final, la mordida de la serpiente de la corrupción nos alcanzará a todos.

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