A propósito de la desigualdad

Hoy se celebra el encuentro ciudadano “Desigualdad, pobreza, crecimiento económico y política”, se supone habrá dos debates respecto a este tema. En ese contexto, la desigualdad es uno de las asignaturas pendientes del país, pues Guatemala es una de las naciones más desiguales. La brecha entre los que tienen y los desposeídos es simplemente enorme.

En la visión clásica de la escuela austriaca, se esgrime la igualdad de oportunidades y la competencia consiguiente ocasiona que algunos posean más que otros; gracias a lo que en Praxeología se conoce como Catalaxia, que es la hermenéutica del orden espontáneo que genera el sistema de precios en un libre mercado.

El experimento funciona a cabalidad sólo en la inocuidad del laboratorio, expresada en el término “Ceteris Paribus” es decir, cuando las circunstancias se mantienen constantes; una idea que en la acción humana es imposible, dado que cada uno de nosotros vivimos situaciones diversas e infinitas caso por caso. Esto es causa de imperfección y revisión permanente de las teorías económicas, pues las motivaciones y pensamientos de cada individuo son insondables para una escuela de pensamiento.

Si bien el sistema de precios es el más eficiente para la asignación de recursos, las circunstancias de cada competidor difieren diametralmente por una enorme serie de variables; en el caso de los países desarrollados, las políticas de Estado buscan preparar de la mejor manera a los ciudadanos, para poder participar en las mayores condiciones de igualdad posibles en la competencia profesional de lo Popper llamó “sociedad abierta” bienes y servicios.

Infortunadamente, nuestro país tiene índices de desarrollo humano tan bajos, que aquellos que hemos tenido la suerte de nacer en condiciones diferentes a la mayoría de la población, contamos con insoslayables ventajas con respecto a las grandes masas que no tienen acceso a nutrientes como las proteínas -fundamentales para el desarrollo intelectual-, educación -imprescindible como herramienta competitiva- y un sistema económico saludable basado en la producción eficiente, no en la especulación financiera y privilegios que generan una determinada cantidad de empleos, pero redundante en una carga antieconómica que contribuye al atraso.

Por ello, la igualdad de posibilidades para acceder a las pocas oportunidades disponibles en el juego, simplemente es inexistente y por ende, se apuesta con trampa contra aquellos que no han tenido las ventajas de los ganadores en esta dinámica. Por supuesto hay excepciones y estas precisamente convalidan la regla.

Algunos argumentarán que es un paso previo para llegar al desarrollo, que las grandes naciones pasaron por esos estadios; sin embargo, los países desarrollados debieron derribar “ancient regimes” para lograr las condiciones de igualdad que permitiesen a sus ciudadanos competir entre iguales. La diferencia de resultados es algo natural en la acción humana; no obstante, las posibilidades deben ser similares para que el juego sea válido y exista la ansiada cooperación social que garantice la prosperidad en un conglomerado.

Los espacios para debatir este tema deben ser bienvenidos, pues muchas veces las doctrinas se utilizan como trajes a medida y la coherencia es el gran ausente. Se suele privatizar ganancias y socializar pérdidas, algo que contraviene el espíritu del los que pregonan la libertad económica y otros que buscan hacer las cosas entre todos, son los primeros en procurarse privilegios para sí y acuerdan pactos de status quo con sus teóricos enemigos políticos.

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