La perenne postergación

La restitución de las propuestas fiscales al Ejecutivo, solo han demostrado una cosa, que este gobierno lejos de convertirse en el factor de cambio que la Plazocracia buscaba, ha decidido asumir el rol de escuálido interregno por cuatro años. La agenda nacional está dictada por los golpes que pueda dar la CICIG con el MP a las estructuras enquistadas en el Estado y la agenda global que determina la comunidad internacional a través de sus tratados -la ley de competencia por ejemplo-.

Persistimos en nuestra actitud contumaz de rehuir a sentarnos para finalmente plasmar el famoso pacto de nación, que provoque los cambios de fondo que urgentemente necesita este país.

Los sectores influyentes, han desarrollado un pensamiento binario que genera una visión maniquea de las cosas; con el fin de descalificar a priori a mis oponentes y considerar cruzados a los que abrazan mi causa. Esta subrepticia y conveniente categorización, tiene como mar de fondo la preservación de privilegios que se han ido consolidando a lo largo de nuestra historia.

El lunes leía en este matutino, como los autobuseros defraudaban al Estado para robarse gran parte del subsidio otorgado a la unidades de transporte público, así mismo, hemos visto los abusos en los pactos colectivos de algunos sindicatos estatales que son realmente de órdago y organizaciones de capitales emergentes que lejos de diferenciarse de las practicas tradicionales, han buscado hacer botín del Estado al mejor estilo de las familias tradicionales que Margarita Casáus describe en “Guatemala linaje y Racismo”.

Los tímidos intentos de diálogo han sido abortados casi inmediatamente, debido a que los actores, en primer término; han asistido con la condición sine qua non de preservar esos feudos. Verbigracia: las organizaciones gremiales empresariales no pueden exigir a los sindicatos el cese de prebendas, cuando al interno de su seno existen empresas y organizaciones que lucran gracias a leyes que menoscaban la libre competencia y son benefactoras para unos pocos a costa del resto; lo mismo ocurre con la dirigencia de algunos capitales emergentes, que buscan congraciarse en un patético lambisconeo con el gobierno de turno, para lograr proyectos y una tajada de los recursos estatales.

Entonces, a la cita cada quién lleva a cuestas los esqueletos de su propio armario, algo que impide tener una honesta visión de país y el carácter para tomar las difíciles decisiones que conlleva hacer los cambios trascendentales.

Temas como la planificación familiar para frenar la terrible bomba demográfica, el servicio civil, una política fiscal de fondo, una verdadera ley de competencia que elimine los perniciosos monopolios a la sombra del Estado, el fin de exenciones y tratos diferenciados a sectores, la revisión de abusivos pactos colectivos, el fin de la tácita protección a aquellos acusados de violaciones a los derechos humanos y un extenso etcétera; jamás serán asumidos mientras se llegue a la mesa con este lastimero condicionamiento.

Si se desea hacer el verdadero cambio, los sectores debieran desmarcarse de aquellos que les dan mal nombre y deslegitiman sus posiciones. ¿Existirán el valor y voluntad para hacerlo? Hasta el momento no y mientras esto no ocurra, continuaremos con dianéticas y estériles campañas de cambio, paros que afectan al ciudadano que nada tiene que ver y en el caso de los emergentes: maquillándose como una alternativa distinta, cuando en realidad es el mismo chucho solo que sin pedigree. Mientras tanto, Guatemala se hunde.

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