Beware what you wish

Han corrido ríos de tinta sobre lo que ocurrió durante esa surreal velada del 8 de noviembre, donde un personaje con un discurso que parecía extraído de la Alemania en la época de la paz precaria -periodo que Bernard Michal denominó al tiempo entre la primera y segunda guerra mundial- desató con su triunfo un revuelo global que esa misma noche devaluó el peso mexicano e hizo caer el Nikkei 1,000 puntos.

Parece que finalmente los gringos entraron en el populismo, un club que era exclusivo de América Latina y tantas vidas costó a Europa.

Factores inmediatos pueden explicar la victoria de Trump, como la mala jugada que el director del FBI hizo a la candidata demócrata reabriendo el caso de los mails en octubre, justo cuando Clinton ascendía en las encuestas o el descuido de los estados que se creía por descontado eran demócratas.

No obstante, subyacen aspectos muy preocupantes y que deben llamar a la reflexión en todo el establishment político del mundo. Primero, las burocracias y élites de las naciones más desarrolladas del mundo, al parecer, se han divorciado del ciudadano común. El status quo de Washington o la burocracia de Bruselas han eclosionado ensimismadas, sin tomar en cuenta lo que una gran porción de la población siente y piensa. Debemos tomar en cuenta que Donald Trump primero venció al establishment republicano encarnado en Jeff Bush, relegándolo rápidamente a un papel secundario y a la larga disputó la nominación con Ted Cruz, que también abanderó el discurso contra la burocracia del distrito de Columbia y su poderoso lobby.

Las mismas consignas fueron contra la representante de ese sector en el partido demócrata, no en balde Clinton siempre fue apoyada por Washington, Wall Street y los medios vinculados a ese grupo económico.

El ciudadano anónimo y poco reflexivo, se fue resintiendo poco a poco ante la privatización de ganancias y socialización de pérdidas que los gobiernos tradicionales han practicado durante años. Esto se agudizó desde la última crisis financiera surgida hace 8 años, curiosamente el último periodo de Bush y los años que Clinton fue Secretaria de Estado. Los 700 millardos que de fondos públicos se destinaron para salvar a los bancos, fueron una traición de republicanos y demócratas para rescatar a aquellos que nunca pagaron por las consecuencias de sus aventuras financieras.

El percibido “outsider” Trump, desarrolló un discurso de odio contra el establishment y otros fantasmas que en el imaginario son su creación, como los inmigrantes, musulmanes y China; explotando todo aquello que el ciudadano atribuye como causa de sus derrotas cotidianas.

Breixit, Trump, Salvini o Le Pen demuestran que ese monopolio de lo “políticamente correcto” y que poco se ocupa de los avatares cotidianos de muchos, hace que surjan esas posiciones extremas que representan resentimientos acumulados y pueden acabar con el mundo entero.

Aquí en el trópico, algunos celebraron ese triunfo creyendo que el nuevo mandatario desde ya, cómodamente sentado en su despacho de la Trump Tower, ordenará el cierre de la CICIG a la mayor brevedad.

Mientras en Guate se recrea la alegoría de la caverna, el nuevo rey del volcán ya declaró que deportará a 3 millones de latinos con antecedentes penales -según expertos habría unas 250 mil joyas chapinas- lo que supone un serio incremento a nuestro preciado inventario delincuencial. Así mismo, grabar las remesas y denunciar los acuerdos preferenciales, sería un mortal golpe para la economía de nuestro país.

Lo único que queda esperar, es que Trump haga como la mayoría de los políticos y no cumpla con lo que promete.

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