La otredad

Aunque diariamente el acontecer nos recuerde lo que somos como sociedad, mucho de ello se queda en el sustrato y no subyace, a menos que ocurran hechos extraordinarios como la muerte de las 40 niñas en el “Hogar Virgen de la Asunción” y ahora el deceso de Brenda Domínguez, estudiante de la “Escuela de Comercio II” quien fue arrollada junto a otras compañeras por un imberbe al volante, que para pírrico alivio de los deudos, se entregó a la policía y esperemos responda por las consecuencias de su deleznable acto.

Las redes sociales se convirtieron aquí en el amplificador de una chusma intelectual que poco a poco se va evidenciando y consigue, no deliberadamente, retratar a Guatemala como realidad sicótica en un tweet de apenas 140 caracteres, haciendo aflorar prejuicios que llegan hasta los tuétanos de nuestras clases urbanas.

La otredad -término puesto en boga por Jaques Derrida el maestro de la deconstrucción- referida a una esfera más filosófica que sociológica, se convierte en el concepto idóneo para explicar lo que desde hace décadas sucede en Guatemala.

El hecho que una élite económica y sus adláteres académicos relativicen el valor de la vida en personas correspondientes a otra etnia y por ende, a una clase social inferior; es parte de esa otredad que ha impedido a los guatemaltecos conectarnos unos con otros en un escenario donde convivan distintos estratos. Cuando escuchamos hablar de las víctimas del conflicto armado, los casos de masacres a poblaciones enteras son comparados con la muerte de un prominente durante aquella época; es claro que tan válida es una vida como otra, pero se busca ponderar con el mismo rasero 400 vidas por una o dos. El dilema ético es por supuesto discutible, pero el mensaje es que cientos de civiles anónimos en el interior del país tienen el mismo o menos valor que fulano de tal.

Anteriormente, recuerdo que había muchos más puntos de encuentro entre personas de distinta clase social, en los colegios de jesuitas y maristas, se otorgaba becas a niños de escasos recursos para que convivieran en los salones de clases con aquellos afortunados económicamente. Eso desapareció, la élite se ensimismó aún más en su burbuja y por ello es extraña ante cualquier sensibilidad con aquellos pertenecientes a círculos ajenos. Por supuesto, toda generalización tiene sus excepciones.

Es irónico leer cómo muchos se solidarizan con los atropellos que sufre la población en Venezuela, pero meridianamente ignoran lo que ocurre en la fosa séptica propia; apoyan el muro de Trump aunque sea un autogol o se escandalizan por el coreano loco de Pyongyang; pero cuando un grupo de escolares protesta por un vergonzoso sistema educativo, entonces se busca explicar que un imbécil les eche el carro encima. Esto sucede porque miran a esos como “otros” no como “nosotros”, jamás como alguien similar; al contrario, son individuos extraños que incluso viven de lo que pago en impuestos.

La debilidad del Estado y ausencia de justicia nos demuestran que aquí por medios civiles es muy difícil conseguir las cosas, muchas veces se acumulan las quejas en todas las instituciones sin que exista respuesta del Gobierno o sociedad; entonces muchos han entendido que sólo con medidas de presión se logran ciertos fines. Los privilegios que se piden en el Congreso son un ejemplo, otro es el mismo caso del “Hogar Virgen de la Asunción” donde la PDH había emitido numerosos reportes y la protesta de los estudiantes de la “Escuela de Comercio II” no fue la excepción.

La conclusión que no pocos expresaron en las redes, fue que eso les pasaba por violentar el derecho de locomoción; es obvio que en un país de vaqueros como este, pueda expresarse tal disparate, pero en cualquier nación desarrollada es un dislate digno de xenófobos o neo-fascistas.

Me pregunto: ¿Cuál hubiese sido la reacción si alguien habría hecho lo mismo con la manifestación de los Jóvenes de Blanco o quienes piden la pena de muerte? Parte de la otredad pasa por identificarnos con aquellos afines a nuestros rasgos físicos, por eso, quizá choque tanto lo que ocurre en Venezuela, pues al ver a personas “como yo” siendo perseguidos por tanquetas, entonces es más fácil ponerme en el lugar del afectado. En cambio, con lo que sufren los guashqueros de aquí: ¡Se lo juro, nada que ver!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s