El señorío de la estupidez

La masacre de 11 personas en una sinagoga de Pittsburg y la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil ejemplifican la contradicción y autodestrucción humanas que cíclicamente vuelven en un eterno retorno.

Los momentos de cénit en la humanidad son inexorablemente seguidos por periodos de barbarie que nos suspenden en una dinámica fatal. Cuando el populismo parecía un fenómeno distante del siglo XX hoy se activa vigorosamente en derechas e izquierdas del mundo.

Quizá la apuesta que estamos perdiendo en el sistema global estriba en destinar pocos recursos para el desarrollo de una ciudadanía apartada de posiciones apriorísticas, rancios prejuicios y en casos crónicos como el nuestro, lejos de ese pensamiento mágico que ha generado una alienación digna de una película apocalíptica protagonizada por el mítico Charlton Heston.

No es casualidad que las posesiones demoniacas solo ocurran en sociedades ignorantes y poco desarrolladas, quizá las legiones del ángel caído no comulgan con el ambiente gélido de la península escandinava o tal vez sea porque en las sociedades más instruidas se sustituye a las figuras autoritarias referenciales por una construcción intelectual crítica. Los cashes y monseñores no gustan de los parajes en el mar Báltico.

En nuestro medio, el conocimiento de la academia es maquetado en un empaste que no permite el análisis de los datos con la debida asepsia intelectual. El prejuicio es la lente disponible con que se muestran los hechos. La ilustración más reciente la tuvimos con la entrevista del último cabildero para destruir la lucha contra la impunidad. En el reportaje que Nómada publicó se evidenciaron contradicciones tan burdas que más parecía un colaborador eficaz en vez de alguien defendiendo una posición sectorial coherente. Este sicofante habría causado un escarnio mayúsculo en cualquier lugar del primer mundo, localmente el asunto es llevadero por la inconsciencia que causa la precariedad en el debate académico. Dicha condición explica que nos hagamos tantas pajas mentales sobre la posición del país en el concierto de las naciones, enfaticemos nuestra pomposa religiosidad y simultáneamente soslayemos con escandalosa ligereza las terribles carencias en desarrollo humano.

Si una base taimada y profunda de ignorantes se volcó al populismo proteccionista e intolerante, nuestra élite al aplaudir desde su palco estas posturas anacrónicas y perjudiciales incluso para la misma nación, se confirman como factor causal de lo que en Guatemala sucede. La entrevista de marras es confirmación fehaciente.

La vergüenza de un pueblo siempre ha sido su vulgo, la chusma anónima que vitupera al excelente, la predilección que se prueba por el embustero. Aquí, la pequeña grey que sostiene un sistema de privilegios a costa del resto, es ralea que genera criterio por un efecto de derrame desde el vértice de la pirámide. Lo incongruente, contradictorio, supersticioso, conservador y anacrónico viene de aquellos que deberían ser vanguardia.

Aparentemente este bucle cíclico es un yugo insalvable para la humanidad, lo hemos visto repetirse una y otra vez en la historia. Apostar por un ciudadano integralmente instruido, alejado de prejuicios religiosos, libre en su pensamiento y en la antípodas de cualquier absoluto, puede ser la solución para el cáncer del populismo; eso en el primer mundo. En este lugar, ni siquiera las élites de derecha e izquierda han comenzado un proceso de desintoxicación ideológica que finalizó en 1989; figurémonos el resto.

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