El mito que se convierte en mito

La balada empezó como una composición poética dividida en estrofas que rimaban y concluían en un mismo verso, este se transformó en estribillo cuando se le musicalizó.

Como diosa del amor, tiene múltiples progenitores y orígenes, algunos la sitúan en la Francia provenzal, otros la hacen descender de los cantos patrióticos cuyo estandarte son las composiciones de Claude Rouget de Lisle en Francia y Francis Scott Key en Estados Unidos.

Hay quienes la sitúan como una mutación de las arias operáticas -que de hecho son canciones dentro del la ópera misma-. “Core n´gratode Salvatore Cardillo parece extraída de una ópera; no obstante, es pieza individual que se constituye en una madre legítima de la balada moderna.

A mediados del siglo XIX los cantos revolucionarios de la Francia jacobina sirvieron como dispositivo para tonadas como “La Golondrina”de Narciso Serradell Sevilla, cuya inspiración fue su sentido patriótico mexicano ante la invasión -irónicamente- del ejército francés.

En Sudamérica el trovador uruguayo Alfredo Zitarrosa dijo una vez que “el tango es hijo de la milonga y la milonga es hija del candombe”refiriéndose a sus orígenes africanos. No es casualidad que los lugares donde se tocaba candombe se les llamaba “tangós”. Por ello, cuando se escucha el bellísimo ritmo cadencioso del danzón cubano es inevitable asociarlo con el tango sudaméricano -la raíz africana es similar- y las canciones surgidas de esas corrientes musicales poseen indefectiblemente influencia sobre la balada.

Y si Caruso vendió los primeros discos de vinil en los que ya había canciones amorosas, Sinatra se sirvió de ese nuevo artilugio llamado “micrófono”para catapultarse como el primer sex symbol del canto romántico. La balada había llegado para quedarse.

Mientras tanto, Cuba, México y otros países del subcontinente arquitectaban el “bolero”como la quintaescencia de la música interpretativa del amor; Portillo de la Luz, Alfredo Gil, José Alfredo, Lara, Carrillo, Rafael Hernández, Matamoros, Rexach y un sin fin de grandes escritores consolidaron este bello género.

La diosa balada tuvo y tiene algunos semidioses que ama. Intérpretes hay muchos, escasos los elegidos; recientemente abandonó este mundo su amor más querido, el cantor de los intérpretes, José José; de quien heredé la fortuna de ser ahijado gracias a una bella amistad con mi padre.

El príncipe de la canción fue siempre el ave Fénix que resurgió de sus cenizas una y otra vez, un Sísifo en la espiral del eterno retorno, recomenzando siempre con la promesa de haber escapado de la última crisis y luego empezar otra. Era la encarnación de sus magistrales interpretaciones, hasta el punto que autores como Pérez Botija y Manuel Alejandro le componían inspirados en su propia vida. Lo que debía ser un alter ego en el escenario resultó ser el verdadero personaje; José Sosa fue una puesta en escena de José José, la balada personificada, quizá por ello su vida alcanzó dimensiones míticas mucho tiempo antes de morir.

Lo anterior, sumado a una calidad humana extraordinaria con la gente, generó esa relación entrañable con un público que siempre le perdonó todo.

Tocó el cielo con las manos, fue admirado por el mismo Sinatra, cantó en el Madison Square Garden, Radio City Music Hall, Grammys, primeros lugares en Billboard y más de 100 millones de discos vendidos. “A veces yo mismo me siento un impostor que tuvo la suerte de nacer con un don, no puedo negar que fui un privilegiado”me dijo alguna vez. Lo cierto es que ahora nace el mito, después del mito…

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