Haciendo historia

Los últimos acontecimientos indican a quienes nacimos en los 70 que nuestra generación no la ha pasado en vano, desde ser hijos de una guerra fría que tuvo entre sus despuntes culturales a empalagosas películas como “The day after”o “Red Dawn”hasta cantar “Winds of change”de Scorpions, inspirada en la caída del muro de Berlín y quedada sólo en una alegoría que no superó el suspiro.

Luego fuimos testigos de otra clase de guerra con el derrumbe de las torres gemelas y la farsa contra Saddam que nos legó un medio oriente inestable con un Iraq girando alrededor de Irán.

La apocalíptica anunciación fue el H1N1 que se conjuró con una buena dosis de Tamiflu, pues no pasó de ser un virus mortífero pero con bajo nivel de contagio. Hoy, el Coronavirus nos hace vivir una época nueva que replantea muchas cuestiones, sobre todo aquellas referentes a nuestros referentes.

Con lo anterior me refiero -la redundancia es intencional- a los modelos que muchos inciensan a pie juntillas, sobre todo en lo concerniente a las famosas panaceas o fórmulas perfectas de los modelos económicos.

Está demostrado que ninguna escuela ha logrado suplantar al sistema de precios en la eficiente asignación de recursos; así mismo, la cooperación entre individuos valiéndose de sus ventajas comparativas ha logrado sociedades más desarrollados en el largo plazo; no obstante, los pontífices de la libre competencia deben conceder que la igualdad de oportunidades para cada uno pasa por condiciones equitativas de nutrición, educación y salud; de lo contrario hay trampa en el juego. En ese sentido, el Estado tiene un rol fundamental que ha sido puesto en evidencia con la crisis de Coronavirus.

Boris Johnson debió escarmentar y aceptó las bondades del sistema público de salud en Inglaterra; pese a ser el primer ministro, utilizó los servicios estatales -como un parroquiano más e hijo de su tiempo- al convertirse en otra víctima de la pandemia. Fue surrealmente irónico observarle con voz entrecortada agradecer a todo el equipo del hospital público que le atendió, pues como él mismo afirmó “le salvaron la vida”.

Aquellos badulaques que se enceguecen con un modelo -y de ello no se salvan socialistas y libertarados- guardan un vergonzante silencio debido a que los sistemas fallaron; los chinos totalitarios eliminando a quienes dieron la voz de alarma y el “tycoon”americano a última hora comprando ventiladores, construyendo hospitales y culpando a la OMS por su ausencia de previsión y la falta de un sistema sanitario decente acorde a la nación más poderosa del mundo.

Italia y España pagan caro el debilitamiento de sus sistemas de salud en pos de un ejemplo que ahora tiene la mayor cantidad de muertos y contagiados; Francia les sigue de cerca e Inglaterra se prevé será el mayor afectado cuando se haga el control de daños final.

Si el Estado no es la solución a todos los problemas del ciudadano, tampoco lo es su papel de mero espectador en la acción humana.

El sentido común, educación, salud y homologación de condiciones para competir en un sistema basado en igualdad de oportunidades; son aproximación correcta hacia el esquema que pueda enfrentar la pobreza y amenazas como esta pandemia. La atención y cuidado de sus ciudadanos definen el éxito de una nación. Aquí, el recién estrenado presidente hace lo que puede con lo que tiene; por fortuna, no lo ha hecho mal hasta ahora.

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