Invocando la dictadura

Una de las escenas más impactantes de “Goodfellas” es cuando Billy Batts -interpretado genialmente por Frank Vincent- es molido a golpes por de Niro, Pesci y compañía. Después de la golpiza, de Niro se queja porque el rostro de la víctima le había echado a perder su zapato.

De eso me acordé cuando algunos leguleyos en redes sociales se desgarraron las vestiduras por un autoamparo de la Corte de Constitucionalidad, soslayando la vergonzosa causa del asunto -falta de idoneidad de ciertos candidatos a magistrados tras reunirse con el capo de moda, convicto, sin custodia y en su vivienda clandestina; todo con el objetivo de lograr su favor para acceder a la Corte Suprema de Justicia-. Que en un pueblo el incesto sea común no elimina su condición de abominación; no obstante, aquí el muerto tendido sobre la mesa es obviado por el pelo en la sopa. Con tal descaro, los sorprendidos en contubernio con magistrados y diputados, emprendieron acciones legales generando otra crisis constitucional.

Imagino el escándalo de los representantes en el congreso de cualquier país civilizado si un Brett Kavanaugh se hubiese reunido con John Gotti, Falcone con Toto Riina o Anthony Kennedy con Carlo Gambino para conseguir sus magistraturas.

Es verdad que la Corte de Constitucionalidad se ha politizado, pero sucedió ante la erosión de los poderes del Estado por la rampante corrupción que se apoderó de sus entrañas. La legalidad “comprada” ocasionó que todo termine en esa instancia. 

Personalmente fui víctima de la CC en dos ocasiones, fueron fallos más que discordantes con elementales principios jurídicos; el primero se trató de un juicio laboral contra una empresa mexicana que mi padre emprendió, ganó y como por arte de magia allí se cayó. Me dijeron que los abogados de la poderosa compañía tenían buenos “conectes” en la corte y “gracias por participar”. El segundo, fueron sendas inconstitucionalidades que apoyamos contra la ley del Café esgrimiendo la violación de derechos fundamentales como la libertad de asociación. “Los fallos no se discuten, se acatan” me dijo uno de sus magistrados, que dicho sea de paso, hoy brilla por su ausencia en la defensa de dicha institución. En ambos casos respetamos las sentencias -pese a su implícita injusticia- pues se trata de observar las reglas del juego aún cuando el árbitro te pitó un penal que no merecías. Hoy, los que se creen dueños de la pelota buscan cambiar las reglas y al árbitro en pleno juego, simplemente porque el resultado no les parece.

Un sistema donde sus actores deslegitiman la autoridad constituida, indefectiblemente colapsará y devendrá en anarquía; cuando la anarquía impera se busca al Leviatán que imponga el orden -es el principio para la instauración de las dictaduras- y ello solo puede conllevar la supresión de las libertadas individuales, algo que generalmente pagan caro los ciudadanos -siendo primeras víctimas las elites-. 

Los fallos de la CC con sus errores deben respetarse para no perder el poco Estado de Derecho que nos queda, si queremos cambios, existen los mecanismos contemplados en la Constitución.

La miopía que ciertos sectores han mostrado en la coyuntura actual, recuerda a la toma del poder por parte de las mafias en la Cuba de Batista, donde personajes muy cuestionables como Barletta, Trafficante o Lansky; eran resultado de la amalgama de esas estructuras con el poder político-económico y cuyo producto final fue el secuestro del Estado, que a la postre, devino en la propia caída del sistema.

¿Hasta dónde queremos llegar?

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