Odoacro y la caída del imperio.

Recientemente la revista Time publicó un artículo del profesor de historia Edward Watts denominado en español “Roma no cayó cuando tú crees. He aquí porqué la historia fabricada importa hoy día”.

Según el historiador, por conveniencia política el cronista bizantino Marcelino situó la caída del imperio romano de occidente en el año 476 de nuestra era, cuando Odoacro depuso al último emperador irónicamente llamado Rómulo Augusto y apodado “augústulo” por su ineptitud. Watts sostiene que la ascensión del general germano no fue percibida como el fin para los ciudadanos de la urbe, incluso, fue una época de renovado esplendor que truncó Justiniano ante la presunta amenaza que significaba el renacer de Roma para Constantinopla. 

El autor recuerda que Odoacro mantuvo la mayoría de las estructuras del gobierno, el Senado se reunía regularmente, prevalecía el latín como lengua oficial y las efigies de emperadores como Julio Nepote continuaron en las monedas acuñadas por el gobernante invasor. Justiniano por su parte, utilizó su aparato propagandístico para justificar el retorno de Roma a la égida bizantina, la cual, supuestamente representaba la verdadera romanidad.

A veces es simplista indicar un evento para el cambio de una era; no obstante, en el caso que nos ocupa, el cronista Marcelino tiene un punto, pues era primera vez que un rey bárbaro gobernaba la urbe y por si fuera poco; se proclamó “Rex Italiae” un título que había sido erradicado desde la caída de Tarquino “el soberbio”.

Si bien fue mucho más traumático para los romanos el saqueo de Roma cometido por los vándalos, la deposición de Rómulo Augusto fue una caída “sin ruido” como diría Momigliano. Señalar este evento como una fabricación histórica del entorno de Justiniano, es aventurado, dado que el suceso en sí tiene la novedad suficiente para sentar un precedente. 

De Odoacro queda el documento oficial del imperio más antiguo que existe, una donación a un tal Pierus del 18 de marzo del 488. Una parte está en la biblioteca de Nápoles y otra en Viena.

Personalmente, creo que la sangría de recursos y el vacío de poder que se creó por la fundación de Constantinopla signaron el destino fatal del imperio; la invasión de Justiniano fue de un reino oriental que exigía genuflexión al basileos y hablaba griego; el cisma religioso que ocurre después entre el Papa y el Patriarca ortodoxo es eco directo de esa inviable dicotomía que provocó Constantino.

Las efigies de los emperadores que menciona Watts en las monedas durante la época de Odoacro, muestran mucha menor calidad artística en comparación a las acuñadas durante el siglo II; un signo claro de declive que anunciaba el inicio del medioevo. El Senado desde hacía siglos era una alegoría de un tiempo que no volvería.

En el fondo de su escrito, Watts busca contrastar y colocar en luz positiva el cambio demográfico que tiene lugar en Estados Unidos por la inmigración, con lo ocurrido en Italia tras la llegada de las tribus germánicas. Un esfuerzo loable cuyo resultado es discutible. 

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